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17/10/2017 - Convivencia de 1º Bachillerato

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Dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Esto podría aplicarse perfectamente a nuestro caso aunque, sinceramente, ojalá hubiera durado más.

El 17 de octubre, a las 9:00 de la mañana, los alumnos de 1° de bachillerato esperábamos, inspirados por la idea de no dar clase, a que tres de nuestros profesores vinieran a por nosotros. Y una vez que estuvimos todos nos encaminamos decididos a llegar a Huerta Carmela. Hacia más frío de lo acostumbrado (por fin) pero, a pesar de que el cielo grisáceo amenazaba con descargar con toda sus ganas sobre nosotros, nada nos quitó la ilusión. Desde bien temprano ya se escuchaba un altavoz haciendo ruido y a Martín parodiando la música que retumbaba de fondo. Al momento de llegar nos dio la bienvenida ni más ni menos que una pequeña gata que una compañera decidió bautizar humildemente como “Misifú", aunque lo cierto es que a nadie le importó mucho el nombre de la gatita, cada uno le llamaba a su manera.

Todas las actividades habían sido meticulosamente organizadas por María José, la más mejor delegada de pastoral, que había tomado parte de su tiempo para nosotros.

El primer paso, y el más importante, fue realizar una pequeña oración antes de comenzar el día. Y después llegó el momento más temido por todos: la reflexión personal. Nos esparcimos a lo largo y ancho del terreno y contestamos nuestros breves cuestionarios basados en la curiosa historia que Zaqueo vivió con Jesús. Durante ese tiempo descubrimos de la mano de Pilar que aquel lugar en el que nos encontrábamos había recibido a muchos alumnos de 1° a lo largo de los años. Y también a unos cuantos profesores. Pero sobre todo descubrimos qué era aquello que nos mantenía más unidos a Jesús. Para algunos quizá fuera un familiar, un amigo, o a lo mejor era algo que iba más allá de una persona física. En definitiva, podía ser cualquier cosa pero algo que solo podía ser entendido por cada uno. Supongo que por eso era personal.

Entonces llegó el esperado momento de juntarnos por grupos para analizar cuales eran nuestros puntos fuertes, nuestras habilidades, qué era aquello en lo que, en grupo, éramos buenos. Y después tuvimos que hacer lo mismo pero por parejas. Un momento emotivo porque, a pesar de que simplemente debían decir una cosa de nosotros, todos decidimos ensalzar las cualidades de los demás. Fue sorprendente descubrir como nos veíamos en los ojos de nuestros compañeros.

Y el día acabó por todo lo alto. Después de unas cuantas actividades más, llegó la hora de comer. ¡Quién lo iba a decir pero vaya manera de compartir! Todos pusimos algo, por poco que fuera, para saciar el hambre. Y vaya que si la saciamos. En un momento, nos hicimos con tal montonera de comida que gustosamente decidimos que todo lo que no habíamos tocado se fuera para el voluntariado del colegio. Qué gran idea, ¿verdad?

Al momento de volver, algo había cambiado en nosotros, aunque fuera solo un poco. Fue la idea de estar haciéndonos mayores, o mejor dicho, estar haciéndonos mayores juntos.

Fue un buen día. Aunque está claro que aun nos quedan muchas aventuras juntos.

Mª del Rocío Lázaro Ramos

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